El norte de Tanzania encapsula el espíritu salvaje de África como muy pocos otros rincones del continente. Reservas naturales con una capacidad evocadora extraordinaria (Serengueti, Ngorongoro) se complementan con otros espacios menos conocidos pero igual de asombrosos (Tarangire, lago Natron). Poder recorrerlos todos en un mismo safari es una meta que conviene plantearse seriamente.
El Serengueti es en realidad dos “países”: arbolado y muy verde el norte y un rico pastizal sombreado por acacias en el otro extremo. Las grandes migraciones de los herbívoros en busca de pastos frescos –cebras, ñus, gacelas…– comienzan en mayo, cuando se desplazan desde sus zonas de cría hasta el sur. Detrás de ellos acechan los grandes depredadores, como los hambrientos cocodrilos, que aguardan entre junio y julio a que crucen el río Grumeti.
El Ngorongoro –“lugar frío“ en lengua masái– era hace miles de años una de las cumbres más altas de África, hasta que un volcán explosionó creando así una increíble caldera del tamaño de la ciudad de París. Hoy es uno de los espacios naturales más impactantes del mundo, un punto caliente de la biodiversidad donde tendrás casi garantizado ver leones, elefantes, búfalos, leopardos y rinocerontes.
El Parque Nacional Tarangire, atravesado por el río del mismo nombre, es una estepa salpicada de baobabs que sirve de pasto a grandes manadas de elefantes. Durante los meses secos, la acumulación de animales salvajes en torno al río del mismo nombre es similar a la del Ngorongoro, mientras que en el lago Natron asistirás a enormes concentraciones de flamencos pescando en sus aguas rojizas (por efecto de las algas). También merodean las jirafas, cuyo majestuoso andar podremos fotografiar con el volcán Oldonyo Lengai, montaña sagrada de los masái, como telón de fondo.