Al este de la Toscana

Al este de la Toscana hay un lugar que, por una extraña razón, produce sedimentos permanentes en la memoria. Para muchos es materia de olvido, y para otros, para los que viajan dispuestos a entrar en el alma de las cosas, este lugar es eterno.
En la cima de la colina donde se ubica tal lugar, al tiempo que se respira una alegría profunda y una calma antigua, uno descubre el renacimiento de un sentimiento puro que ya en su momento atrapó el aliento de uno de los poetas y humanistas más universales de nuestra historia, Francesco Petrarca. Es sorprendente como ese sentimiento que también atrapó a su querido Dante, aún parece que vive en el esponjoso aire de ese pintoresco paisaje.
El lugar se llama Arezzo y más que visitarse, se recuerda. El campanario de su catedral asoma tímidamente entre los olivos para darnos la bienvenida y Pietro de la Francesca se oculta bajo unos techos abovedados pintados junto a un fresco de María Magdalena. Ya ese primer golpe de luz nos lleva a despertar la conciencia. El tiempo allí pasa serenísimamente y se fermenta en un renacentista silencio. Esto ocurre en muchos de los pueblos de la Toscana, pero en Arezzo ese silencio te abraza el alma.
Hay un hecho que asume capital importancia en la vida de Petrarca, y de Arezzo. Ocurre una tarde de primavera y la cosa dura un minuto. Es una experiencia absolutamente transformadora para toda la representación poética de Petrarca. Ocurre cerca de la iglesia de Santa Clara de Aviñón, y ocurre con una mujer llamada Laura. Fue verla en el mercado no más de un minuto, y enamorarse platónicamente de ella. Laura marcó un antes y un después en toda la obra poética de Petrarca, condicionó toda su vida y le entregó a Arezzo una de las historias más maravillosas y ciertas de la historia de la primera literatura renacentista.


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