Este es un viaje al corazón de Brasil, una inmersión, literalmente, a una cuenca inundada por las crecidas del río Paraguay, que lo transforman en un paisaje anfibio, en un paraíso para la flora acuática. Un delta interno –al igual que el Okavango, en Botsuana– que es el mayor humedal del mundo y que es también uno de los espacios más ricos en biovidersidad que puedan encontrarse. Pero sin que el turismo lo desborde. Todo lo contrario.
Con una superficie que es ¡la mitad de España!, durante la estación húmeda, entre diciembre y mayo, el nivel de agua sube hasta tres metros y el Pantanal se anega en su casi totalidad, así que el medio de transporte son barcazas, lanchas y otros vehículos acuáticos. No obstante, recomendamos visitarlo durante la estación seca, de julio a octubre.
Presenciaremos un territorio plagado de fauna en el que la naturaleza es caos, magia. ¿El motivo? Nos sobrepasa, nos maravilla, nos deja sin palabras. Pero por supuesto que tiene sus códigos, que tan bien entienden el esquivo jaguar, el carpincho, la anaconda, el yacaré o el tapir, y que un guía naturalista sabrá explicarnos con mucha paciencia. Por último, dejar claro que no es un destino imposible; los brasileños saben disfrutar muy bien de su propio país. Se vuela directo desde Sao Paulo, y lo mejor habrá sido ver antes o después las asombrosas cataratas del Iguazú, que son un apéndice del Pantanal en términos geográficos. Un cóctel perfecto.