La mujer que navegó oculta: 1767
Jeanne Baret y el viaje imposible – La primera mujer en circunnavegar el planeta.
En un tiempo en que las mujeres no podían subir a bordo de un barco de exploración, una campesina francesa cruzó mares disfrazada de hombre, llevando en su equipaje el conocimiento de las plantas y el valor de los secretos. Su nombre era Jeanne Baret, y sin proponérselo, se convirtió en la primera mujer en dar la vuelta al mundo.
El mar rugía con la furia de las olas australes cuando Jeanne Baret sostuvo con fuerza el sombrero contra el viento. El Étoile, uno de los dos barcos de la expedición de Louis-Antoine de Bougainville, avanzaba con esfuerzo por aguas desconocidas, su casco de madera quejándose con cada golpe del oleaje. Los hombres trabajaban en silencio, atentos a las órdenes del capitán. Nadie debía sospechar que entre ellos, con el cuerpo envuelto en ropas demasiado grandes y una voz que fingía gravedad, viajaba una mujer.
Era 1767, y el mundo aún se dividía entre lo conocido y lo que quedaba por descubrir. Francia competía con Inglaterra y España por trazar nuevas rutas, reclamar islas y llenar los mapas vacíos del Pacífico. Los barcos partían hacia lo incierto en nombre del rey, de la ciencia o del comercio, y en todos ellos se repetía la misma norma: ninguna mujer a bordo. Pero Jeanne había desafiado esa regla sin estridencias, con la determinación silenciosa de quien no busca gloria, sino una forma de seguir adelante.
Nadie la recordaba entonces por su nombre. Para la tripulación, era “Jean Baret”, el ayudante del naturalista Philibert Commerson, un hombre enfermizo pero brillante, que había sido elegido por Bougainville para catalogar las especies vegetales y animales del viaje. Era su asistente, su sombra, quien cargaba con las cajas de especímenes, preparaba los instrumentos y mantenía el orden entre los frascos de alcohol y las prensas de herbario.
Solo Commerson —y quizá algún oficial más perspicaz— sabía la verdad: Jean era Jeanne, una campesina de Borgoña que había aprendido a distinguir una hoja de otra con la precisión de un botánico autodidacta.
Antes de embarcarse en el Étoile, Jeanne había vivido una vida sin promesas. Nació en 1740 en La Comelle, un pequeño pueblo del centro de Francia, en una casa pobre donde la tierra era el único maestro. Desde niña acompañaba a su madre a recoger plantas medicinales, y así aprendió a reconocer el valor oculto de la naturaleza. No sabía leer ni escribir, pero tenía una memoria exacta para las formas, los olores, los usos de cada tallo.
El destino quiso que, años después, entrara a trabajar como ama de llaves en la casa de Philibert Commerson, un joven médico y naturalista de temperamento melancólico. Él encontró en ella una inteligencia práctica y una curiosidad que lo sorprendió; ella encontró en él la posibilidad de aprender sin límites. Con el tiempo, fueron algo más que maestro y asistente. Se convirtieron en compañeros inseparables, unidos por el amor y por la pasión por la ciencia. Pero su relación era imposible de formalizar: Commerson pertenecía a otra clase social, y las convenciones del siglo XVIII no admitían un vínculo con una mujer del campo.
Cuando Bougainville recibió el encargo de organizar una expedición que diera la vuelta al mundo —la primera francesa de esa magnitud—, quiso llevar consigo a los mejores científicos. Commerson fue invitado a bordo como naturalista principal. Sin embargo, su salud era frágil, y temía no resistir el viaje sin la ayuda de Jeanne. Ella, a su vez, no concebía la idea de quedarse en tierra mientras él navegaba hacia lo desconocido.
Así nació el plan: Jeanne se disfrazaría de hombre, tomaría el nombre de “Jean” y se presentaría como su asistente. Nadie sospecharía, o al menos, nadie lo diría en voz alta.
En diciembre de 1766, en el puerto de Rochefort, los marineros del Étoile la vieron llegar con un sombrero bajo y un paso firme, el abrigo demasiado ancho ocultando las formas de su cuerpo. Algunos se rieron de aquel joven delgado con voz extraña, pero pronto dejaron de prestar atención: en el caos de la partida, nadie miraba demasiado de cerca. Jeanne subió a bordo con un cuaderno vacío, una navaja para cortar plantas y una determinación que valía más que cualquier permiso real.
Los primeros meses fueron un aprendizaje brutal. Jeanne debía sobrevivir en un mundo cerrado y hostil, donde los hombres bebían, blasfemaban y se peleaban por el espacio. Dormía en una hamaca junto al resto, siempre alerta, temerosa de que alguien descubriera su secreto. Cada gesto debía calcularse: no cambiarse nunca en público, hablar poco, evitar las miradas. Pero también había momentos de calma, en los que el mar se extendía azul y quieto, y ella podía respirar la libertad que había elegido.
Durante las escalas, su talento se hacía evidente. En Río de Janeiro, mientras Commerson sufría con las fiebres, Jeanne salía a recolectar plantas con una eficacia que asombraba a todos. Anotaba, clasificaba, describía. Allí descubrieron una especie de flor que más tarde llevaría el nombre de Bougainvillea, en honor al capitán. No se sabe con certeza si fue Commerson o Jeanne quien la encontró primero, pero los relatos de los marineros hablan de “Jean”, el ayudante incansable que subía colinas con su cesta llena de flores moradas.
Era el primer eco de una historia que el tiempo borraría y luego rescataría.
A medida que la expedición avanzaba hacia el Pacífico, el disfraz se volvió más difícil de mantener. En Tahití, donde los habitantes recibieron a la tripulación con curiosidad y generosidad, los locales se acercaron a Jeanne con sonrisas cómplices: la reconocieron como mujer de inmediato. Los hombres del barco, desconcertados, empezaron a murmurar. Algunos quisieron protegerla, otros aprovecharse de la situación. Bougainville decidió mantener el secreto, quizá por respeto a Commerson, quizá por evitar un escándalo que pudiera manchar la expedición. En el diario oficial escribió solo una frase ambigua: “Descubrimos entre nosotros a una mujer, disfrazada de hombre, que se ha comportado con el mayor coraje.”

Jeanne continuó su labor científica en silencio. En cada isla, recogía, prensaba y clasificaba especies nuevas. Junto a Commerson reunió miles de muestras, muchas de las cuales llegarían después al Museo de Historia Natural de París. Fue testigo de tormentas, enfermedades, encuentros con pueblos remotos y largas jornadas sin horizonte. Su cuerpo se debilitaba, pero su espíritu seguía firme.
Cuando la expedición llegó a las costas de las Molucas, Commerson estaba ya gravemente enfermo. Allí decidieron permanecer un tiempo, instalándose en la isla de Isla de Francia —la actual Mauricio—, que por entonces era colonia francesa.
Fue en esa isla tropical donde el viaje de Jeanne tomó otro rumbo. Commerson murió en 1773, dejando tras de sí cajas llenas de especímenes, apuntes y nombres latinos. Jeanne, sola y sin recursos, tuvo que reinventarse una vez más. Abrió una pequeña taberna en Port Louis, sobrevivió con su trabajo y con la ayuda de algunos conocidos. Nadie en la isla parecía recordar que aquella mujer había cruzado el mundo disfrazada para llegar hasta allí.
Pasaron años antes de que Jeanne decidiera volver. Los barcos que zarpaban hacia Europa no eran frecuentes, y el pasaje costaba más de lo que una tabernera podía pagar. Además, regresar significaba enfrentarse a un país que quizá no la reconocería, un mundo que había cambiado sin ella. Pero su deseo de cerrar el círculo —de completar aquella vuelta al mundo que había iniciado disfrazada— acabó imponiéndose.
Cuando por fin embarcó de regreso, ya no era la joven que se ocultaba entre marineros. Tenía cicatrices, arrugas de sol y una serenidad que solo se alcanza después de haber visto tanto mar. Atravesó de nuevo los océanos, esta vez sin fingir quién era, y en 1775 llegó a Francia.
Sin embargo, su regreso no fue triunfal. Nadie la esperaba en el puerto. Commerson había muerto, y con él, gran parte de los méritos científicos de su viaje habían quedado firmados solo con su nombre. Jeanne regresó con un cofre de papeles, algunas cartas de recomendación y la certeza de haber hecho algo que ninguna otra mujer había logrado antes.
El reconocimiento tardó, pero llegó. La Marina francesa le concedió una modesta pensión “por sus servicios en la expedición de Bougainville”. En los registros oficiales se reconocía que “acompañó al señor Commerson alrededor del mundo, con un coraje y una conducta ejemplares”. No se decía nada de su disfraz, ni de las humillaciones ni del talento que había mostrado como botánica. Pero entre líneas, su gesta quedaba escrita: Jeanne Baret había sido la primera mujer en circunnavegar el planeta.
Durante sus últimos años, vivió en un pequeño pueblo de Borgoña, el mismo paisaje de colinas donde había nacido. Se casó con un hombre llamado Jean Dubernat y llevó una vida tranquila, casi anónima. Murió en 1807, sin imaginar que, más de dos siglos después, su nombre volvería a pronunciarse con admiración.
Hoy, los botánicos recuerdan a Jeanne Baret no solo por las especies que ayudó a descubrir —entre ellas, la famosa Bougainvillea—, sino también por lo que simboliza: la tenacidad de una mujer que, sin educación formal ni posición social, se abrió paso en el territorio más masculino que existía: la exploración. En los museos, su historia se cuenta como una nota de pie de página en la gran aventura del siglo XVIII, pero cada vez más investigadores han empezado a rescatarla del olvido, devolviéndole el lugar que le corresponde en la historia de la ciencia.
En 2012, la botánica francesa Solanum baretiae, una planta de flores moradas descubierta en los Andes, fue nombrada en su honor. Era un gesto simbólico: la primera especie que llevaba oficialmente su nombre, más de doscientos años después de su muerte. El círculo se cerraba.
Desde entonces, su figura ha inspirado libros, novelas históricas, documentales y ensayos sobre el papel de las mujeres en la exploración y la ciencia.
Pensar en Jeanne Baret es pensar en todas las viajeras que han tenido que disfrazarse de algo —de hombres, de turistas, de acompañantes, de simples curiosas— para poder ver el mundo. Su historia no es solo la de una pionera, sino la de una estrategia universal: la astucia como forma de resistencia. Jeanne no buscaba fama ni epopeyas; lo suyo era una mezcla de amor, curiosidad y obstinación. Pero ese impulso íntimo la llevó a cruzar océanos que otras ni siquiera podían imaginar.
Si hoy alguien viaja sola por el mundo, mochila al hombro, libre de elegir su destino, hay un hilo invisible que la conecta con ella. En cada mujer que se atreve a salir de los márgenes, a perderse y encontrarse lejos de casa, hay algo de Jeanne: ese deseo de aprender, de moverse, de ser más que lo que la época dicta.
El viaje de Baret fue literal, físico, lleno de riesgos y tormentas. Pero también fue un viaje de identidad. En el Étoile, bajo el disfraz de un joven ayudante, se escondía la semilla de una libertad que tardaría siglos en florecer. Hoy, cuando las fronteras parecen más simbólicas que reales y la exploración se mide en experiencias más que en mapas, su figura nos recuerda que el acto de viajar —de verdad viajar— siempre implica un gesto de desobediencia.

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