Al sur de Lima, la carretera Panamericana se pega al Pacífico cruzando un paisaje en extremo árido que solo alegran los balnearios de playa y los cultivos en la desembocadura de los ríos andinos. Al llegar a Pisco, 200 km más allá, deja de ser autopista y en este punto empieza el verdadero viaje al desierto peruano, que destila mucho color. ¿Por qué lo decimos?
Primero porque Pisco es el pueblo que da nombre al célebre aguardiente de uva peruano, si bien lo degustarás a fondo en el cercano valle de Ica, mejor protegido de las famosas tormentas de arena de la zona. Siguiendo la línea de litoral se alza la península de Paracas y las islas Ballestas, un santuario de vida animal donde abundan los leones marinos y los pingüinos de Humboldt, además de cientos de especies de aves y peces, que contemplarás a pie y desde el mar.
Aquí las aguas del Pacífico solo se calman en la playa de Paracas, donde se sitúa el resort turístico, y en playa Roja, producto del impacto del mar contra rocas ígneas, cuyos fragmentos rojizos arrastra luego hacia la orilla, en vivo contraste con los amarillos y ocres de los acantilados. Huacachina es un oasis de aguas sulfurosas y terapéuticas en mitad de inmensas dunas de arena mullida y blanca, ávido de ser explorado; tendrás diversos medios para hacerlo a tu antojo. Las misteriosas Líneas de Nazca las sobrevolarás desde una avioneta, que es la mejor manera de tratar de atisbar el misterio detrás de su mágico trazado.