El Caribe a todo color

Entre Cartagena de Indias y el desierto de La Guajira, la Colombia caribeña es un país aparte de ciudades fortificadas, playas blancas y una selva coloreada de orquídeas y mariposas, donde el vallenato resuena meloso en las noches rebosantes de estrellas, y lo real y maravilloso se cuela en cada fotografía. Desde la belleza colonial de Cartagena, una villa empedrada donde pervive el paso de piratas y conquistadores, descubriremos la barrera coralina de las islas del Rosario, la isla privada de Barú, la exuberancia tropical del parque de Tayrona y los macondos escondidos en Palomino. Los desiertos de sal de La Guajira y los ritos, bailes y lugares sagrados de los kogui y los wakuu completan un magnífico periplo por esta «tierra caliente».

En ‘Vivir para Contarla’, Gabriel García Márquez escribía: “Me bastó con dar un paso dentro de su muralla, para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde. No pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer”. La ciudad que también conquistó a Bolívar, la del amor y otros demonios, la Heroica, agita en su coctelera de encantos una fascinante arquitectura colonial y todo el bullicio de su vibrante mestizaje cultural. Abrazada por 13 kilómetros de muralla centenaria, la protege desde tierra adentro el imponente castillo de San Felipe de Barajas. Intra muros, en la ciudad vieja, vendedores ambulantes de casadillas de coco y panderitos de yuca discurren ante los muros desconchados de añiles y amarillos y los balcones rebosantes de buganvillas. 

Cartagena es historia viva: de la plaza de la Aduana andamos hasta la barroca Casa de la Inquisición y de ahí a la plaza de Santo Domingo, atiborrada de terrazas donde pedir una Águila helada. De las callejuelas aledañas nos llegará el aroma a patacones fritos, arepas con chorizo y sopa de mondongo. En el puesto de Doña Ceci es donde daremos cuenta de esta cocina que es de fusión –española, africana y caribeña– mucho antes de que se inventara la palabra fusión.

Itinerario

Día 1 - Vuelo a Cartagena de Indias

Llegada a Cartagena, ciudad fortificada donde cada esquina parece salida de una novela de García Márquez.
El primer contacto con sus murallas, balcones rebosantes de buganvillas y plazas llenas de vida será suficiente para entender por qué se la llama la Heroica. Tarde de paseo por el casco histórico y cena caribeña bajo un cielo de estrellas.

Día 2 - Cartagena colonial

Día completo para recorrer la ciudad vieja: la plaza de la Aduana, la Casa de la Inquisición, el castillo de San Felipe y las callejuelas donde el tiempo parece haberse detenido entre vendedores de arepas y casadillas de coco.
Aquí la historia se palpa en las piedras y se saborea en la cocina popular. Al caer la tarde, nada como un cóctel frente a la muralla viendo el sol hundirse en el Caribe.

Día 3 al 6 - Islas del Rosario y Barú

Días libres para disfrutar de la playa.
Playas tranquilas, paseos en kayak entre manglares o simplemente hamaca y mar Caribe. El ritmo aquí es otro: sin prisa, sin ruido, solo el rumor de las olas.

Día 6 - Cartagena - Santa Marta - Parque Tayrona

La carretera hacia Santa Marta bordea la costa del Caribe, un trayecto donde cambian el ritmo y el paisaje: del bullicio colonial de Cartagena a la naturaleza pura.
Al llegar al Parque Tayrona, se abre un escenario único en el mundo: selva tropical hasta la misma orilla del mar. Los senderos atraviesan palmeras, ceibas y manglares, con el canto de aves tropicales como telón de fondo. Entre caminatas cortas se descubren playas icónicas como Arrecifes o La Piscina, protegidas por arrecifes de coral donde el agua es calma y transparente. La tarde se reserva para un baño en estas calas casi secretas y para sentir esa mezcla de mar y jungla que hace de Tayrona un lugar magnético..

Día 7 - Parque Tayrona - Palomino

Después de una última caminata matutina en Tayrona, la ruta sigue hacia el este, al pequeño pueblo costero de Palomino, un lugar donde el tiempo se ralentiza.
Aquí la Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña más alta del Caribe, se asoma al mar creando un paisaje hipnótico. La jornada invita a dejarse llevar: flotar en un neumático por el río Palomino hasta su desembocadura, caminar kilómetros por una playa interminable o simplemente descansar en una hamaca viendo cómo el sol se hunde en el océano. El ambiente bohemio del pueblo, con cafés improvisados y mochilas wayuu que cuelgan en cada esquina, convierte la tarde en una experiencia entre el relax y lo auténtico.

Día 8 - Palomino - Desierto de La Guajira

La carretera se adentra hacia lo extremo: el desierto de La Guajira, donde la arena y el viento dibujan dunas infinitas que chocan contra el mar.
Aquí se entra en el territorio wayuu, pueblo indígena que habita estas tierras áridas y que conserva tradiciones milenarias: tejidos de colores, bailes rituales y leyendas que hablan del mar y del viento. La jornada combina aventura y cultura: trayectos en 4×4 entre dunas y salinas, visita a rancherías wayuu y atardecer en Punta Gallinas, el punto más septentrional de Sudamérica. El contraste entre el cielo encendido, el mar turquesa y la arena ocre es un espectáculo natural irrepetible. Dormir aquí, en alojamientos sencillos junto a comunidades locales o en eco-posadas, significa convivir de cerca con este entorno único.

 

Día 9 - La Guajira - Santa Marta

La mañana aún deja espacio para descubrir rincones del desierto: caminar por las salinas de Manaure, donde las montañas de sal relucen bajo el sol, o recorrer las dunas que caen directamente al mar en Cabo de la Vela.
Es un paisaje duro pero bello, donde la vida se abre paso en condiciones extremas. Después, el regreso por carretera hacia Santa Marta devuelve poco a poco al viajero a la civilización. La última noche junto al Caribe, con la brisa marina y la música costeña de fondo, sirve de transición perfecta: del silencio del desierto al bullicio amable de una ciudad caribeña que late al ritmo de vallenato.

Día 10 - Santa Marta - Cartagena

El viaje culmina con el regreso hacia Cartagena de Indias, en un trayecto de unas cuatro horas que bordea la costa caribeña.
Es un retorno simbólico: del desierto y la selva a la ciudad que lo empezó todo. La Heroica recibe al viajero como si fuese la primera vez, con sus murallas doradas por la luz de la tarde y el bullicio de su casco antiguo. Este último día permite despedirse del Caribe colombiano con calma: perderse una vez más por las callejuelas empedradas, brindar con un ron frente al mar y dejar que la música que sale de cada esquina —vallenato, champeta, cumbia— quede grabada en la memoria. Una jornada de cierre perfecta antes del vuelo de regreso, con la sensación de haber recorrido una Colombia múltiple, cambiante y siempre fascinante.

 

** Puede ser un viaje en sí mismo, entonces se llega a Cartagena desde Madrid vía Bogotá o Medellín; o bien puede combinarse con otras partes de Colombia.

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Planes

DISEÑADOS PARA DISFRUTAR DE ESTE DESTINO

Almuerzo donde Doña Ceci

Su humilde restaurante en el alborotado mercado de Bazurto, impregnado de los aromas a patacones fritos, arepas con chorizo y sopa de mondongo, se ha convertido en lugar de peregrinaje. A falta de cámara frigorífica, todo es fresco del día, como el arroz de cangrejo y de mariscos (especialidad de la casa), la sopa de cabezas de pescado y el sancocho de costilla.

Día de playa en isla Barú

Después de descubrir navegando el parque nacional de las Islas del Rosarios nos aguarda la playa de un resort privado compuesto por tres casas de arquitectura colonial rehabilitadas, donde además podremos degustar la sabrosa gastronomía local. Una lancha motora nos llevará temprano a recorrer la bahía de Cartagena, protegida por robustos fuertes levantados para desalentar a los piratas. De camino al mar abierto van quedando atrás Tierra Bomba, Caño de Loro, Punta Arena y Bocachica. Luego, el paraíso.

Noche en unas cabañas con vistas al mar

Construidas con madera nativa, altos techos cubiertos de hojas de palma y escondidas en la vegetación del exuberante Parque Tayrona, miran desde una loma la virginal playa de Cañaveral. Su spa y las hamacas son la guinda a la estancia después de haber descubierto entre la frondosa vegetación La Ciudad Perdida, esto es, las ruinas de Pueblito, descubiertas por los saqueadores de tumbas. Otras referencias importantes: a partir del Cabo San Juan del Guía se extienden playas doradas que parecen interminables. Arrecifes y Arenilla quitan el habla de tan salvajes y La Piscina presume de un mar más calmado y accesible.

Caminata al “corazón del mundo” junto a un jefe kogui

También conocido como ‘mamó’, nos descubrirá la desembocadura del río San Salvador, con sus aldeas ancladas en el pasado y su indiscutible belleza natural. En Palomino, las montañas besan el océano, los centenarios arboles de caracolí bordean los senderos y los riachuelos helados parecen correr, como decía Gabo, sobre huevos de dinosaurio.

En 4x4 al Cabo de la Vela

Como si fuera una etapa del París-Dakar, nos internaremos por el desierto de La Guajira, la punta más septentrional de Sudamérica, para descubrir arenales que se pierden en el horizonte y aisladas rancherías de pescadores. También descubriremos las playas del Ojo de Agua, en las que ésta mana de las rocas, como por encantamiento. Es un paraíso para los amantes de la fotografía y de lo misterioso. Según los indígenas aquí se ubica el Jepirra, el lugar sagrado al que llegan las almas para entrar en lo desconocido y encontrar a Mareiwa, el dios creador.

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